Presentación de Diana Pérez Ortíz

Escrito por Diana Pérez Ortíz
Presentación TU cine

Buenas tardes. Agradezco a Silvia que me haya invitado a presentar este libro porque es como presentar a mi sobrina, la hija de mi amiga, su primera novela.

Una novela que me parece muy significativa porque es el testimonio directo de una mujer, Silvia, que se ha dedicado por mucho tiempo a observar y asistir en temas de salud y género a mujeres y hombres en África.

 

Personas que viven en un contexto cultural muy violento y desigual y a quienes ha cuestionado y de quienes también ha aprendido.

Es una novela que me consta que costó mucho esfuerzo, tenacidad, que tardó muchos años en ver la luz, sobre todo por la fe que la autora deposita en esta historia; Silvia no dejó de creer un solo instante en la importancia de transmitir el mensaje que hoy presenta en La Dignidad Encarnada.

Para mí, este mensaje queda plasmado en su Epílogo: “los seres humanos no somos violentos por naturaleza; la verdadera naturaleza radica en la necesidad de conexión… sin amor, o sin un mínimo de vínculos afectivos, los seres humanos, simple y llanamente, no podemos sobrevivir”.

Para algunos, quizá suene ingenuo, idealista, o hasta obvio, pero creo que aplicamos mucha más energía en nuestras vidas para defendernos y para ofender a otros, que en crear vínculos afectivos.

En un mundo caótico y violento, la mayoría de las personas tendemos a responder de igual manera; tendemos a la venganza, a acumular rencores, a proclamarnos víctimas de algún abuso o incluso disfrutar cuando sometemos a otros a nuestra voluntad.

Por eso la gente compasiva, desprendida, solidaria, es “sospechosa”.

Cuando leí por primera vez La Dignidad Encarnada estaba muy molesta con Zubaida, la protagonista de la historia. Me parecía absurdo, que después de sufrir maltrato tras maltrato, esta mujer respondiera con dulzura. Bueno, la quería matar, agradecía que fuera un personaje de ficción porque de otra manera estaría ahorcándola, quizá porque en el fondo, también quisiera poder ser bondadosa.

Casi, casi aplaudía a su verdugo, Traquino, su marido, porque con una mujer tan, tan buena, era imposible lidiar.

Pero el aplauso al verdugo me asustó porque me vi en ese espejo en donde la fe no existe, en donde uno se acomoda para que lo lleve la corriente, con o sin justificación, culpando a otros, culpándose uno, sin tregua, hasta deshacerse y deshacer a otros en el camino.

La Dignidad Encarnada tiene muchas aristas, retrata muchas formas de abuso, a veces justificado en la cultura, pero muchas más por decisión propia porque, al final de cuentas, para fortuna o desgracia, los seres humanos siempre tenemos la posibilidad de elegir cómo queremos tratar a otros y tratarnos a nosotros mismos. Y así vamos construyendo nuestra historia.

Por ejemplo, Doña Fátima, la suegra de Zubaida, quien, como dice la narradora de la novela, “estuvo muy apegada a su infelicidad, al grado de que la pura sensación de alegría le parecía sospechosa” (pág. 52).

Nunca reparó en la “cadena” de odio, resentimiento, humillación e indiferencia que la tenía atada y con la que ataba incluso a sus hijos. Una cadena que no nos es ajena y que a veces parece inquebrantable.

Y en medio de este enredo, surge Zubaida. Un personaje ingenuo, pero sabio, con ganas de aprender, de comprender. Una mujer que no traiciona nunca su fe, sus esperanzas.

Su proceso no es fácil, ha de lidiar con su ignorancia y la de su pueblo, con sus costumbres, rituales, su cultura.

Zubaida no pierde tiempo en venganzas, en rencores: no porque sea muy buena –como yo tontamente creí-, sino porque está ocupada aprendiendo formas de conciliación, de comprender su mundo, y a los que la rodean.

Es cuestión de paciencia, paciencia que es escasa, pero ella no tiene prisa, no sabe lo que encontrará, pero camina escuchando a su corazón. Es en ese camino en donde se atreve a preguntarse si es posible romper con el círculo vicioso de la violencia. Es ella, en su ingenuidad, la única que cuestiona lo establecido porque su interior le dice que la vida puede vivirse de otra manera.

¿Por qué permitimos el maltrato? ¿Por qué maltratamos? Y no hablo de conflictos en África, lugar en el que se desarrolla la historia, o de algún país, ni siquiera del nuestro, sino del entorno más cercano, la propia familia, los amigos, los vecinos. ¿Por qué?

Traquino, el marido de Zubaida, nos da cátedra de violencia. A veces parece increíble que tanta amargura, tanta ira, quepan en una sola persona. Podemos justificarlo y etiquetarlo como “el malo” de la historia, pero creo que llega un momento en que uno hasta lo va queriendo, porque es un personaje muy rico en matices.

Traquino sufre un cambio a lo largo de la novela, no les cuento cuál para que lean, pero sí les puedo decir que aún en los momentos de mayor oscuridad hay un camino. Y no es pura ilusión de la novelista, sino un trabajo interno de los personajes que lo hace posible. Y si Traquino puede, todos podemos.

Zubaida, Traquino, Atalia, Milagro y otros personajes de la historia, nos muestran que la fuerza interna no está en la magnitud del acto violento, sino en el perdón, en perdonarse y, en la medida de lo posible, reparar el daño.

Que aunque suene cursi o extraño, la palabra amor, esa que a veces uno ya no sabe qué significa y que tiende a desaparecer, todavía nos puede ayudar a navegar en la tormenta y en la calma.

La clave está en lanzarnos de manera muy íntima y de todo corazón, la pregunta que se hizo Zubaida con otras palabras: ¿cómo queremos vivir?

Todavía resuenan en mí los tambores africanos con los que abre y cierra esta novela. Tambores-latidos que me invitan a vivir de otra manera, más libre, más humana, más generosa.

Ojalá que ustedes también se dejen llevar por el ritmo de esos latidos, se sumerjan en la historia que Silvia nos comparte y se planteen la posibilidad de vivir una Dignidad Encarnada.

Muchas gracias.

Diana Pérez Ortíz, Periodista y Comunicologa. Tequisquiapan, Qro. 25 de julio de 2014.